Traseros Desnudos
Traseros Desnudos
Hábiles. Masculinos. Fuertes. Moviéndose rítmicamente al compás de la música.
Aquí. Allí. Mirara donde mirara Bella Swan, allí estaban. Había traseros por todas partes, traseros cubiertos tan sólo por unos diminutos tangas.
¡Madre de Dios.!
Atravesó la muchedumbre de mujeres que gritaban “Muévete, guapo, muévete” y que llenaban Traseros Desnudos, un selecto club de striptease situado en el centro de Phoenix y donde sólo se permitía la entrada a las mujeres. Bella estaba pasando por un largo periodo de sequía sexual, por lo que la visión de aquellos exquisitos ejemplos de masculinidad la hacía sentir… algo… necesitada.
La selección de hombres era impresionante. No le resultaría difícil encontrar un bailarín para la fiesta de despedida de soltera de su hermana, como muy bien le había dicho su vecino Edward Cullen, con el que, por cierto, había tenido una conversación un tanto extraña.
*******Flash Back******
Esa mañana Bella había estado sacando de su Mini Cooper las cosas para la fiesta y, justo en el peor momento, se le había roto una bolsa y se le había caído todo al suelo. La acera había quedado cubierta de preservativos que brillaban en la oscuridad, esposas de terciopelo… Al ver que Edward acudía a ayudarla, Bella había estado a punto de echarlo para evitar que viera todos aquellos regalitos. Sabía que su vecino se azoraba con facilidad, pues cada vez que la veía en bikini por la piscina de la comunidad, se ponía a tartamudear y ni siquiera era capaz de mirarla a la cara. Y cada vez que ella se quejaba de su inexistente vida sexual, se le ponían las mejillas del color de la remolacha.
Era un buen tipo, siempre dispuesto a ayudar. Tenía el atractivo de un profesor despistado, a pesar de sus enormes gafas, de la ropa deforme que se empeñaba en ponerse y de que su cabello necesitara un buen corte. Pero lo cierto era que tenía una sonrisa preciosa que siempre hacía que Bella tuviera una misteriosa sensación en el estómago cada vez que la veía.
En resumen, su vecino era un diamante en bruto esperando que llegara la mujer adecuada y lo puliera. Pero esa mujer no sería ella. No señor.
Para empezar, Edward era un cerebrito doctorado en arqueología, mientras que ella ni siquiera había conseguido acabar el instituto. Bien era cierto que había obtenido el título de artesana, pero eso no había hecho que dejara de sentirse insegura por su falta de formación.
Además, Edward era de esos hombres a los que sólo les interesaban las relaciones estables, mientras que Bella había aprendido a golpes que la vida era demasiado corta. Su nueva filosofía de vivir el presente no le permitía comprometerse con nadie para siempre. Y sin embargo, no podía dejar de fantasear con él.
Ahí estaba el problema. Lo que necesitaba era dejar de pensar en su adorable vecino y tener una aventura salvaje con un rebelde, con alguien que supusiera un desafío, una locura. Algo que Edward y sus fósiles no eran en absoluto.
Por eso cuando Edward le había dado la caja de ropa interior comestible sin decir nada y su mano le había rozado los dedos un instante, Bella había preferido no hacer caso de la descarga eléctrica que le había provocado tan breve contacto.
–Qué suerte la mía –había dicho Bella sin siquiera mirarlo a los ojos–. Primero me falla la empresa del catering, después me llama el stripper para cancelar su actuación y ahora se me rompe la bolsa.
–¿Un stripper?
–Sí, para la despedida de soltera de Alice. Es el sábado por la noche.
–Yo sé dónde puedes encontrar otro. Un amigo mío trabaja en un club que se llama Traseros Desnudos. Es Monsieur Enmascarado. Dile que vas de mi parte.
*****************End Flash Back***************
Y allí estaba, sexualmente necesitada y rodeada de hombres prácticamente desnudos.